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No Comments Efecto Pigmalión
por Víctor del Rosal Ahumada
Un viajero que se aproximaba a una gran ciudad le preguntó a una mujer que se encontraba al lado del camino:
-¿Cómo es la gente de esta ciudad?
A lo que inquirió ella a su vez:
-¿Cómo es la gente del lugar de donde vienes?
-Terrible, mezquina, no se puede confiar en ella, detestable en todo los sentidos.
- ¡Ah! , exclamó la mujer, encontrarás lo mismo en esta ciudad.
Apenas había partido el primer viajero cuando otro se detuvo y también preguntó sobre los habitantes de aquella ciudad, a lo que la mujer preguntó:
-¿Cómo es la gente del lugar de donde vienes?
-Es gente maravillosa, honesta, trabajadora y extremadamente generosa. Lamento haber tenido que partir, declaró el segundo viajero.
La sabia mujer le respondió:
- Lo mismo hallarás en esta ciudad.
Pareciera que vamos por la vida buscando más comprensión, gente más amable y buena con nosotros, personas que nos “echen la mano”, que nos guíen, que nos hagan sentir bien, que nos brinden el apoyo necesario.
La pregunta obligada es: ¿qué tan comprensivos, amables, buenos somo hoy con los demás? ¿Qué tanto “echamos la mano”, que tanto guiamos o hacemos sentir bien a otros? ¿Qué tanto apoyo estoy yo brindando?
Como en la historia, la expectativa que tenemos de nosotros mismos, los demás de uno y de la vida en general está relacionado con el efecto Pigmalión.
El nombre nace de la leyenda de Pigmalión, antiguo rey de Chipre y hábil escultor, quien era un apasionado escultor que vivió en la isla de Creta.
En cierta ocasión, inspirándose en la bella Galatea, Pigmalión modeló una estatua de marfil tan bella que se enamoró perdidamente de la misma, hasta el punto de rogar a los dioses para que la escultura cobrara vida y poder amarla como a una mujer real.
Venus decidió complacer al escultor y dar vida a esa estatua, que se convirtió en la deseada amante y compañera de Pigmalión.
Como en la leyenda, el efecto Pigmalión muestra cómo las creencias y expectativas de una persona tienden a confirmarse.
Un experimento conocido es el que llevaron a cabo en 1968 Robert Rosenthal y Lenore Jacobson, bajo el título “Pigmalión en el aula”.
El estudio consistió en informar a un grupo de profesores de primaria de que a sus alumnos se les había administrado una prueba que evaluaba sus capacidades intelectuales.
Luego se les dijo a los profesores cuáles fueron, específicamente, los alumnos que obtuvieron los mejores resultados.
Los profesores también fueron advertidos de que esos alumnos serían los que mejor rendimiento tendrían a lo largo del curso. Y así fue.
Ocho meses después se confirmó que el rendimiento de estos muchachos especiales fue mucho mayor que el del resto. Hasta aquí no hay nada sorprendente.
Lo interesante de este caso es que en realidad jamás se realizó una prueba al inicio de curso. Y los supuestos alumnos brillantes fueron un 20% de chicos elegidos completamente al azar, sin tener para nada en cuenta sus capacidades.
Los maestros se crearon expectativas tan altas sobre esos alumnos que actuaron a favor de su cumplimiento. Al considerarlos alumnos sobresalientes, los maestros generaron un ambiente propicio.
Nos recuerda que en la vida personal y profesional las expectativas tienden a confirmarse.